viernes, 12 de agosto de 2011

Palabras de Carlos A. Lozano Guillén, director de VOZ, En el acto de responsabilidad del Estado en el asesinato de Manuel Cepeda


TOMADO DEL BLOG DE CARLOS LOZANO

Palabras de Carlos A. Lozano Guillén, director de VOZ, en el acto en el cual el Estado de Colombia en cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitida en el caso Manuel Cepeda Vargas, reconoce responsabilidad internacional y le ofrece perdón a sus familiares y a Colombia.
Bogotá D.C. 9 de agosto de 2011, Salón Elíptico del Capitolio Nacional.


Señor Presidente del Congreso de Colombia
Señor Presidente de la Cámara de Representantes
Honorables senadores y representantes
Señor Ministro del Interior
Señor Presidente de la Corte Constitucional
Señor Defensor del Pueblo
Señor Vicefiscal General de la Nación
Doctora Clara López Obregón, Alcaldesa de Bogotá y demás funcionarios de la administración distrital
Señores Invitados especiales
Compañeros y Compañeras del Polo Democrático Alternativo
Camaradas del Partido Comunista Colombiano
Compañeros y Compañeras del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo y demás representantes de Organizaciones No Gubernamentales
Señores y señoras

De manera muy especial saludo a Iván y María Cepeda Castro, a la familia Cepeda Vargas y a Claudia Girón.

Señor Ministro: En nombre del Partido Comunista Colombiano y del periódico VOZ agradezco sus palabras en este acto histórico, pero a la vez, esperamos, tengan un efecto positivo en el buen clima político que debe reinar, en que hechos como el magnicidio de Manuel Cepeda no vuelvan a ocurra nunca más y en el respeto y las garantías que el Gobierno debe ofrecer a la oposición de izquierda hoy representada en el Polo Democrático Alternativo.

Este acto, hoy nueve de agosto de 2011, fecha luctuosa porque desde 1994 se convirtió en el día en que los familiares, los comunistas y los sectores populares conmemoramos el magnicidio de Manuel Cepeda Vargas, último senador elegido por el Partido Comunista Colombiano y la Unión Patriótica, asesinado en condiciones no esclarecidas plenamente por la justicia colombiana aunque han transcurrido 12 años. Fue como una especie de golpe de gracia, después de casi 5.000 asesinatos, casi todos impunes, en un largo martirologio de los comunistas que aún no termina del todo.

Manuel Cepeda Vargas no era solo el activo parlamentario de la izquierda, sino un hombre de letras, un artista en el estricto sentido de la palabra. Periodista que durante casi veinte años dirigió el semanario VOZ Proletaria hasta el nivel de convertirlo en un referente de la izquierda y en una escuela de periodistas comprometidos con una causa política de transformación de la sociedad. Así como escribía acerados artículos en el periódico, hacía poemas de profundo contenido social y humano, llenos de sentimiento y de la alegría de vivir. Con las mismas manos que tecleaba la máquina de escribir, dibujaba, pintaba y construía todo tipo de criaturas y elementos con exquisita creatividad artística. Era un humanista por excelencia.

Manuel Cepeda Vargas formó un bello y hermoso hogar con Yira Castro, quien lo acompañó en su militancia política, en sus actividades intensas, corriendo los mismos riesgos y asumiendo idénticos desafíos. Fruto de ese hogar son Iván y María.

Un hombre así no tenía por qué ser asesinado. Pero pudo más la intolerancia, el instinto criminal de los que han estimulado un conflicto que no acepta contrincantes ni contradictores. Es la interpretación mezquina de la democracia, reducida a su mínima expresión, llámesele como se le quiera llamar. Esa práctica del unanimismo, de la exclusión, de no aceptar la contraparte o la oposición, bien por la vía de la violencia o de la cooptación, le cierra el paso a la democracia y alimenta la intolerancia y el exterminio del opositor. Eso fue lo que siempre denunció Manuel Cepeda Vargas, un intelectual al mejor estilo gramsciano, en permanente acción por una nueva realidad política, siempre favorable a los trabajadores y a los sectores populares.

Manuel Cepeda con el Partido Comunista Colombiano creyó siempre en la fuerza vital del socialismo, cuyo fantasma vuelve a recorrer el mundo en estos días de crisis y fracaso histórico del capitalismo en todas las latitudes. Sin embargo, los que asesinaron a Cepeda como a los 5.000 militantes comunistas y de la Unión Patriótica, ejecutaron semejante holocausto con el argumento de que las víctimas eran “amigos de la guerrilla”, combinaban las formas de lucha, manido y falaz argumento con el cual se pretende justificar lo injustificable. Inclusive, gobernantes así lo han predicado, como si a Manuel o a las víctimas de este genocidio político los hubieran asesinado en un campo de combate. Manuel Cepeda, el 9 de agosto de 1994, llevaba en su bolsillo un pequeño texto con su columna semanal en el semanario VOZ que llevaba el nombre de Flecha en el Blanco. En su maletín estaban numerosos documentos para sus debates parlamentarios sobre temas trascendentales como la vivienda, la cultura, los derechos de los trabajadores, la salud, los derechos humanos y otros no menos importantes, que realmente lo trasnochaban. No llevaba armas distintas a su inteligencia y a su verbo dialéctico.

“Combinaban las formas de lucha” dicen los autores intelectuales del exterminio. “Combinaban las formas de lucha”, dicen algunos columnistas sectarios con ínfulas de intelectuales. Como si tener una lectura sociológica de la realidad nacional o la comprensión real de la etiología y los factores societales del conflicto, equivaliera a tener un peligroso arsenal terrorista. Seguramente –y está comprobado- que algunos así lo creen en sus mentes mezquinas y perversas.

No hay respuesta todavía sobre los responsables intelectuales de este genocidio. Continúan en la sombra, en la más completa impunidad. Crímenes de lesa humanidad en la impunidad. Muchos de los responsables han sido premiados con monumentos, esculturas y otros homenajes, otros quizás lo serán en el futuro, son prohombres que libraron a Colombia del peligro comunista. Es la macabra explicación.

Manuel, como los comunistas, creyó en la paz y pagó con su vida la consecuencia en el logro de la misma, reconocida desde 1991 en la Constitución Política como un derecho fundamental de los colombianos. Estuvo en La Uribe, Caracas y Tlaxcala, animando los diálogos de paz, al fin y al cabo desde 1981 el Partido Comunista había propuesto la salida política negociada como única vía de superar el conflicto colombiano. En esta tarea no existían salidas intermedias. La paz es con democracia y justicia social, de otra forma será la paz de los sepulcros y no superará las causas políticas, sociales y económicas del conflicto.

Cepeda y las 5.000 víctimas dejaron huella en el camino. Tantos años después seguimos persistiendo en este esfuerzo, sorteando todo tipo de peligros, hasta el de ser judicializados por la facilitación y la militancia por la paz. Cepeda estaría hoy en Colombianos y Colombianas por la Paz, con Piedad, con Iván y todos nosotros, diciendo con mucha energía que no hay ninguna posibilidad de solución militar del conflicto. Insistir en él lo prolonga de manera indefinida con mayores niveles de degradación.

A pesar de tanto sentimiento y tanto dolor por nuestros mártires, seguimos esas huellas. Las recorremos una y otra vez, promoviendo las salidas humanitarias y pacíficas.  No todo está perdido. Siempre hay nuevas oportunidades. No hay muchas razones para estar optimistas, pero lo más importante es que hay vida, a pesar de tantos que fueron asesinados en el camino; mientras haya vida, hay esperanza. Hay fuerza para persistir. El camino de la nueva Colombia no es otro que el de lograr la democracia y los cambios sociales para superar esta vieja historia del conflicto que tiene episodios tan ruines como el que nos ocupa hoy.

Por eso quiero terminar estas palabras convocando a la esperanza, a otear el futuro con optimismo. Recordando el título de un texto de Manuel sobre Yira: Tu bandera es la alegría, es el legado de este hombre extraordinario que nos enseñó a vivir mejor a pesar de las dificultades, a creer en nosotros mismos y en nuestras potencialidades, a entender que la lucha revolucionaria es también alegría.

Muchas gracias

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